martes 2 de octubre de 2007

Misterio en Miguel Lillo I

I

Estaba sentado en living de mi departamento, desayunando mientras ojeaba el diario, y observaba detenidamente la marea creciente, tan diferente de la que ocurre en verano; debo decir que en invierno, no existe mejor lugar para vivir en el mundo que en la playa de la ciudad de Necochea, y así fue como mientras ojeaba el Ecos Diarios un encabezado me llamó la atención, “Muerte en el Parque Miguel Lillo”, al parecer un joven había aparecido muerto en el anfiteatro que se encuentra en el parque. No lo dudé demasiado y me dirigí hacia el lugar.

Entrando directo por la calle 8, el parque presenta un camino que se introduce en el mismo, y rodeado por las copas de los árboles que a esta altura de el año están generosamente desnudas, uno va pasando por las principales atracciones, ya sea el reloj de sol, la fuente que está metros mas adelante, el anfiteatro (hacia donde yo me dirigía) y finalmente el museo regional de naturales, es ahí donde el camino se transforma en un camino de cemento con columnas a los costados, que conducen a una gran arcada que acaba en la avenida 10 entre las calles 93 y 95.

Conté con la suerte, de encontrarme con mi amigo no más al arribar, el Comisario General Bustos había visto sus años de esplendor pasarle por la vera del camino, al rechazar una oferta de la Comisaría Primera de Mar del Plata, y sin embargo logró llegar a lo mas alto de la seccional segunda de Necochea; oriundo de el otro lado de la orilla del río Quequén, supo sobrevivir a una vida dura. Hijo de un padre empleado del puerto, tuvo que abandonar la escuela para ir a trabajar cuando su padre fue despedido por recortes de presupuesto[1]. De mandadero en un almacén vecino, a mandadero en la comisaría de la ciudad vecina. Muchos años de trabajo le costó cambiar la bicicleta por un ya viejo 3CV de color rojo, con la pintura saltada, y la corrosión clásica de los autos de las ciudades a la orilla del mar.

Él me recibió efusivamente, y prácticamente me rogó que lo acompañe a la escena del crimen. Bajamos por las escaleras de las gradas, y para mi sorpresa, el cadáver no se encontraba sobre el escenario, sino sobre el espacio que comprende el final del escenario y el comienzo de los asientos, sobre la derecha del ese espacio si lo observásemos desde un plano superior, a escasos tres metros de la escalera lateral, lo que me daba la pauta de que el asesino había escapado por ella.

-Este es él –me dijo Bustos señalando al occiso.

-Gracias, no lo había notado –le contesté con sorna.

-¿Alguna idea?

-Si tan solo me dejaras observar con atención.

Me arrodille ante el muerto, y con mi pañuelo tome su mano y la cambié de posición, al hacer esto, descubrí la herida de un objeto punzante en le centro de su pecho, lo primero que me llamó la atención fue que no tuviese sangre en su mano, lo cual indicaba que la misma había sido puesta en ese lugar por su asesino, minutos mas tarde cuando su sangre ya había cancelado su flujo. Lo segundo que me llamó la atención fue el hecho de que su reloj estuviese detenido, era un reloj de pulsera de una afamada marca, con segundero separado y calendario, la fecha era la del día anterior, y la hora señalada eran las seis.

-¿Antes o después del meridiano? –le pregunté a Bustos.

-Después, un familiar nos dijo que se dirigía al consultorio de su psicoanalista.

-¿Dónde está él?

-Aquí estoy.

-¿Qué puede decirme sobre esto?

-Es una tragedia.

-¿Por qué lo dice?

-Porque ahora tengo un cliente menos, y eso no es bueno para el negocio.

-Ya lo creo –dije mientras sonreía.

-¿Han avanzado algo?

-No lo sé, no tengo mucho tiempo aquí.

-¡Oh! Supuse que habrían llegado antes.

-¿Cómo se enteró?

-Yo avisé a su familia que él no había llegado a la sesión, y hoy recibí la llamada de un familiar que me contaba lo acontecido, considerando el hecho de que mi casa se encuentra a cuatro cuadras de este lugar, decidí presentarme.

-¿Cree que pueda conocer a su asesino?

-¿Él o yo?

-La victima.

-No lo creo.

-¿Sabe usted si tenia algún enemigo, o algo por el estilo?

-No que yo sepa, nunca mencionó nada sobre eso, aunque encuentro difícil de creer que este joven pudiera tener algún enemigo.

-¿Por qué lo dice?

-Entre sus patologías se encontraban la agorafobia, la fobia social, y una gran problemática a la hora de sociabilizar con demás personas, entonces si me pregunta a mi, le diré que no, no creo que conozca a su asesino.

-Interesante.

-Me tengo que retirar, pero si necesita saber algo, o desea compartir alguna información, estaré más que agradecido de saber de usted.

Me extendió su tarjeta, la cual tomé, y luego se retiró por el camino del museo hacia la avenida 10, la observé “Carlos Moss, Licenciado en Psicología”.

-Un sujeto peculiar –le dije a Bustos.

-Y bastante mal humorado, según dicen –me contestó él.

Una vez más me acerque al cuerpo, y desde allí noté algo extraño en el suelo a un metro del cadáver, un pequeño trozo de madera, lo cual no seria inusual en un parque, lo inusual era que parecía no ser de eucaliptos ni de pinos, las cuales eran las especies de árboles lindantes al anfiteatro, decidí guardarlo y retirarme, sabia que ya nada podría hacer allí, por lo que me despedí de Bustos, y desande el camino hecho hasta mi departamento en el noveno piso del edificio Habana II. Al llegar, anoté todo lo que había descubierto en mi libreta, encendí un cigarrillo y me dedique a admirar la marea ya en baja.



[1] Esta historia no me fue contada por él, sino por su segundo al mando, el Comisario Gonzáles, quien supuestamente la oyó del mismísimo Martiniano Echeverri.